Escribir Bali fue un ejercicio de confrontación con la ausencia, de darle forma a esos sentimientos que a menudo nos acechan en silencio. Este poema, que abre el libro El extraño placer de acariciar la cicatriz, nace de un viaje tanto físico como emocional. Bali no es solo una isla en medio del océano, sino también una metáfora de esos lugares en los que el alma se pierde y se encuentra, de esas huellas invisibles que dejan aquellos que se alejan.
En este poema, intento capturar ese momento en que el vacío se convierte en presencia, cuando el silencio habla más fuerte que las palabras. Es un homenaje a la búsqueda, al deseo de encontrar respuestas en medio de la incertidumbre, y a la belleza que se esconde en lo incompleto, en lo inacabado. Con este poema, invito al lector a acompañarme en este viaje hacia lo desconocido, hacia esa parte de nosotros que, aunque a veces perdida, siempre encuentra la manera de regresar.
Bali
Todo te nombra en el lienzo desvelado de esta noche,
que borras y dibujas con inexactas pinceladas.
Marea incierta, ola que acaricia mi orilla y se retira
hacia océanos sin puertos ni faros que mientan tu regreso.
Persigo tus huellas en la arena
de esta isla desolada
que es todo lugar en el que no estés.
Tu silencio me grita entre las sombras,
derribando la calma en que me exilio
y me lleva a laberintos sin salida
ni respuestas que revelen el misterio.
Eres ave migratoria que roza mi ventana,
reflejo distante en mis espejos,
pluma en el aire sin rumbo fijo
jugando al escondite tras un tenue velo.
Miro al cielo como un astrónomo ciego
y me tumbo en mi trono de arena
esperando que, en algún momento, encuentres
en mi constelación, tu estrella.